Diccionario de las Periferias: Casa tapiada

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Por fuera, una chapa en una ventana, o ladrillos apresuradamente colocados, por cuyos bordes sobresalen los pegotes de cemento. A veces, ni eso: un patio interior de vecinos se encarga de ocultarlo. Más difícil de esconder resultan las grandes tapias de cemento que bloquean la antigua entrada de la casa, cual fortificación imposible de derribar solo con la fuerza de lo que es justo. Por dentro, cogen polvo y se echan a perder del desuso los restos de los muebles que sus antiguos moradores no pudieron (o no tenían a dónde llevar) sacar en el desahucio.  

Por fuera, algunos vecinos miran a esas tapias con tranquilidad recuperada:

– Al menos así ya no se meterán los ocupas.
– Bueno, Mari y Antonio llevan ya un año en el primero con sus hijas y ni un problema que han dado, que pagan todas las cuotas de comunidad los pobres…
– Ya, pero una cosa son ellos, que tienen necesidad, y otra esas mafias que se te pueden meter…

 

Por dentro, las paredes retumban la violencia explícita de tapiar una casa, vaciarla del sentido primero con el que estas obras fueron pensadas -ser habitadas-, mientras se acumulan las personas sin casa o inmersas en la agobiante espiral de no saber por cuánto tiempo se dispondrá del precario techo donde pasan esta noche.

 En los bloques de las viejas y nuevas periferias se suceden estas estampas. En sus calles, aparecen, además, otras tapias. Verjas oxidadas o muros descuidados que impiden la entrada a lo que antaño fue una casa baja de autoconstrucción (hoy en ruinas), un pequeño taller mecánico o la cristalería de la esquina, cerradas cuando la actividad comercial empezó a abandonar los barrios.
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 Locales abandonados, casas cerradas, pequeños propietarios o grandes bancos. Buenos y malos ocupas (como si el derecho a la vivienda no debiera ser universal y los problemas de convivencia no derivaran de cuestiones mucho más complejas que el hecho de ocupar una casa sin pagar una hipoteca). Tapias. Muros que aseguran continentes sin contenido, no vaya a ser que a alguien se le ocurra entrar y propiciar lo segundo. Espacios que no valen nada en términos de mercado, pero que hay que mantener a toda costa intactos, pues la sola espera, que nada se mueva en su interior, garantiza quizá lo más importante: la ausencia total de desafío a las verdades incuestionables del mercado. Vendrán otros tiempos. Recuperará su valor. Llegarán compradores dispuestos a pagar. Así funcionan las cosas. No hay duda. Es solo cuestión de esperar, y de confiar en el mercado. Mientras, protegerse de los nuevos enemigos, aquellos que amenazan con derribar las tapias, con dar valor de uso en lugar de valor de cambio a esos inmuebles, rompiendo así con un relato que lleva demasiado tiempo funcionando. Lo que está en juego no es otra cosa que mantener ese relato intacto. A toda costa. Que vivir y habitar cuesten. Aunque mientras haya que pagar el precio del abandono.

¿Cómo sería un barrio en el que muchas manos, juntas, horadaran muros, chapas, verjas y tapias y llenaran de nuevo de vida calles, locales y casas?

2015-04-14 20.25.04

(ver todas las entradas del Diccionario de las Periferias)
(ver todas las entradas relacionadas con vivienda)
(ver crónica del encuentro “Sobre las casas sin gente y la gente sin casa!”)

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