Sobre las casas sin gente y la gente sin casas

Un encuentro para definir conceptos clave alrededor de la lucha por la vivienda.

Desde el principio de nuestros paseos, la vivienda se nos ha destacado como un campo fundamental en la vida de las periferias: no solo porque el origen de estas, en el pasado o en el presente, ha estado ligado siempre al desarrollo de vivienda para las clases populares, sino también porque en torno a esta necesidad se están produciendo múltiples fenómenos interrelacionados: especulación financiera, desahucios, nuevos desarrollos urbanos, nuevo modelo de ciudad neoliberal, redes de apoyo mutuo, ocupaciones y okupaciones, movimientos sociales, etc. 

El pasado 19 de marzo nos juntamos en el EKO las gentes de #Carabancheleando con personas activas en la lucha contra los desahucios, okupantes de casas vacías y creadoras de nuevos espacios residenciales que apuestan por unos hogares otros. La idea era charlar sobre la vivienda, y todas las ideas, relaciones y luchas que lleva aparejadas, con el fin de obtener unas cuantas claves conceptuales que nos ayudasen a definirla en nuestro Diccionario de las Periferias. Una mañana de aprendizaje y construcción de saber colectivo entre cafés, bollos y palabras…

2015-05-02 19.04.09

¿Qué es la “vivienda” en nuestro contexto?

La vivienda es ante todo “una necesidad, un elemento clave para la vida digna”, “una necesidad básica para los humanos a partir de la cual construir un proyecto de vida”, que nos satisface a un nivel utilitario (sitio donde comer, dormir), y también a nivel relacional (hogar). Pero la vivienda también es la protagonista de la industria de la burbuja, del boom inmobiliario incentivado por las políticas del suelo y la vivienda, un nicho de negocio que se ha servido de la extracción de plusvalía de, sobre todo, población inmigrante. En un barrio como Carabanchel, donde buena parte de sus habitantes proceden de las periferias del planeta, se puede ver clara esta relación de desposesión vinculada con la vivienda: miles de personas que vinieron a satisfacer las necesidades de mano de obra barata del sector inmobiliario y que, una vez quisieron estabilizar sus proyectos vitales mediante el acceso a la vivienda en propiedad, fueron exprimidos hasta perder todos los ahorros y la propia casa.  

El boom y su bluff han tenido unos efectos devastadores, entre otras cosas, porque se encontraron con una sociedad desmovilizada. Esa desmovilización tenía mucho que ver con las viejas promesas de desarrollo y progreso reactualizadas al calor de la burbuja. Y es que las políticas incentivadas desde arriba conectaban con un deseo. El precariado, acorralado por las inseguridades de un mercado laboral desregulado, y condicionado por un mercado de alquiler en el que era imposible encontrar viviendas a un precio razonable, construía sus anhelos de estabilización a través del acceso a una vivienda en propiedad, que los bancos ponían al alcance de la mano. Es así como la vivienda en propiedad constituyó el mayor símbolo de prosperidad. Y no solo la vivienda en propiedad: un determinado tipo de vivienda, con salón grande y amplios espacios semiprivados (piscina, garaje, urba) que aumentaban la distancia respecto del espacio común (la calle), se erigió en el símbolo de progreso social unidireccional de los descendientes del barrio obrero, localizados ahora en los nuevos desarrollos urbanísticos, al tiempo que el hueco que dejaban  iba siendo rellenado por la población inmigrante atraída al calor de la propia burbuja y también seducida por las promesas de ascenso social vía propiedad residencial.

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Sin embargo, no podemos atribuírselo todo a la seducción que el spanish way of life produjo sobre poblaciones autóctonas e inmigrantes: no es solo una fiebre propietaria alocada. Ciertamente, es necesario reconocer que la vivienda constituye el acceso a una serie de facilidades materiales que vienen a suplir las carencias de la vida más precaria aún del campo y del pasado. La calefacción que evita enfermedades pulmonares y cuya presencia habría evitado muertes de hermanos y vecinos, no puede verse como un simple capricho para personas procedentes del ámbito rural -ya sea castellano, ya sea andino-, del mismo modo que la propiedad no puede juzgarse en un contexto en el que alquilar era económicamente “irracional” (no exento, por otro lado, de una lógica de mercado que favorece la acumulación y la exclusión). El anhelo de la vivienda en propiedad en un contexto de profunda inseguridad no se puede condenar, y menos aún en un contexto de “efecto llamada” incentivado por todo un sistema económico, político y cultural.

Lo que sí cabe plantearse es la naturalización del deseo de posesión sin conectarlo con la producción cultural de las necesidades sociales y los modos de vida en el capitalismo actual. Eso es lo que hacen algunas “chinitas” en el mecanismo del progreso lineal prefabricado. La o(k/c)upación es una de esas chinitas que han proliferado de una forma bestial en los últimos años en barrios como Carabanchel como un modo de satisfacer necesidades por parte de todo tipo de poblaciones y ligadas a todo tipo de proyectos (vivienda colectiva, obra social, realojos tras desahucios…). Las okupaciones se han ido constituyendo como una forma de desarticular la gramática de las prácticas inscrita en el modo de vida hegemónico, alumbrando nuevos posibles, dibujando en lo real otras alternativas de vida. Okupar, y hacerlo colectivamente, rompe con lo cotidiano. Ya se pueden ver algunos efectos: “ahora hablo con mi abuela de okupación porque lo ve en el programa de Ana Rosa”.

No obstante, la o(c/k)upación no es una experiencia totalizadora que siempre introduce chinitas en el mecanismo. En ocasiones, se ha constituido en la forma de reforzar las rupturas y las desconfianzas. Es lo que ocurre cuando a bloques de rentas muy bajas, poblados por población de edad avanzada o en situaciones muy precarias, llegan familias con problemáticas muy diversas expulsadas de otros sitios por medio de desahucios o de desalojos. Muchas de estas familias solo buscan una reubicación precaria por medio de “la patada” a la puerta: el rechazo inicial de muchos de sus vecinos (alimentados por desconfianzas y miedos de partida y cuestionados por el hecho de que gente acceda sin hipoteca a una vivienda que a ellos les ha llevado décadas liquidar) se calma generalmente cuando pasa un tiempo de co-existencia sin que se hayan producido conflictos explícitos. Pero algunas, y solo algunas, de estas ocupaciones, han supuesto ciertas tensiones  y fracturas entre los vecinos, muchas veces ligadas a problemas de convivencia, impago de suministros y/o concentración problemática de demasiadas “patadas” en un mismo bloqueNos cuesta hacer un diagnóstico preciso,pero lo que sí sabemos a ciencia cierta es que en barrios ya de por sí sobrecargados de violencia estructural, algunas llegadas están quebrando los frágiles hilos comunitarios. Y es que cuando a un espacio periférico, castigado por mil factores de inferiorización y desigualdad, le sumas la llegada de nueva población excluida de otros espacios y que acumula décadas de microviolencias, la combinación es una bomba de relojería.

Rascar qué hay detrás de cada problema de convivencia, atender a cada situación particular, hablar con los vecinos, explicarse y entender, se hace necesario si queremos contextualizar las situaciones de extrema precariedad y favorecer la comprensión vecinal. Así, en la lucha contra un desahucio, muchas veces acompañan aplausos, pero alguna que otra aparecen voces vecinales que no se explican “¡cómo se pude defender a una gente que se orina en la calle y hace hogueras!”. Y aunque no se puede obviar que si no hay agua ni calefacción en la vivienda, resulta racionalmente práctico mear y calentarse en la calle, no está demás abrir espacios para el diálogo y la comprensión mutúa.

Figuras retóricas que nos hablan del encuentro entre casas y gentes 

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En nuestra conversación van apareciendo algunas metáforas que nos ayudan a visualizar y comprender qué injusticias, qué luchas y qué dificultades para el común encontramos hoy al rededor de la vivienda. La primera imagen que surge es la que caracteriza hoy buena parte de las calles del viejo barrio obrero: la casa tapiada. La casa tapiada pertenece a alguien que tuvo una pequeña empresa (un taller de coches, de reparación de electrodomésticos) y que hoy quiere obtener rendimientos económicos por ese continente sin contenido. Hasta que el mercado no mande a un comprador con la suficiente pasta como para colmar las expectativas, ese local permanecerá cerrado. “Esperando una nueva burbuja” es el título que llevaría esta película, pero una forma de darle la vuelta a esta figura urbana tan característica de nuestro paisaje barrial sería romper los muros y acceder a su interior para a partir de ahí construir lo urbano, y hacerlo no de un modo individual, sino colectivo. En Cataluña ya han aparecido instancias de gestión de este tipo de “casas sin gente”, instituciones con forma jurídica, o no, que recepcionan y gestionan este tipo de inmuebeles para ponerlos a disposición del común adelantándose a los poderes públicos. Se trata de extender una mentalidad que ponga en el centro el valor de uso por encima del valorde cambio de los inmuebles.

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Fundamental aparece también la progresiva securitización de la vivienda. Con el telefonillo empezó todo…, podríamos decir si de lo que se trata es de caracterizar el proceso de cercamientos alrededor de la casa, de encierro progresivo, de barreras que se suceden para distanciar el interior privado de la vivienda del exterior compartido de la calle. Antes que el telefonillo, por supuesto, estaba la puerta (primera barrera de separación entre lo público y lo privado), pero es con el portero automático -el que popularizó la idea de “portero” suplantando al portero de carne y hueso de las comunidades más pudientes mediante un barato dispositivo electrónico- que se inicia un proceso continuo de encierro de la casa en mil capas materiales y simbólicas. Telefonillo-fac-puerta blindada-valla-alarma-videovigilancia-vigilante 24h: un dentro y un afuera que nos hablan de diferenciales derechos de uso y de la seguridad como derecho que garantiza esa diferenciación.

Otra idea que surge con potencia asociada al hecho de habitar, ya sea en régimen de propiedad, de alquiler o de ocupación, son los suministros (agua, luz, gas). Los suministros son gestionados de forma individual en las dos primeras modalidades de posesión, pero lanzan un pregunta política en una okupación: ¿cómo gestionarlo cuando no tenemos los mismos recursos? ¿Cómo afrontamos los suministros cuando hay gente que no puede pagarlos?

Esta pregunta incómoda, que nos habla de desigualdad en el seno de las mismas comunidades -incluso en comunidades de okupación- nos hace interrogarnos por lo público como institución garante de la universalidad en el acceso a los derechos y los recursos. Trazando un paralelismo entre los suministros y la sanidad, se trata de pensar formas de abastecimiento de cuestiones básicas que no dependan del dinero que se tenga. El problema es que esos mismos poderes públicos se han mostrado más bien como parte del problema que de la solución. Los poderes públicos no solo no aseguran el acceso a la salud, al agua, a la comida, a la luz, al gas, sino que han jugado un importante papel para hacer de ello un bien escaso de mercado. Desde ahí nos preguntamos, ¿Puede lo público ser capaz, a dia de hoy, de garantizar los derechos más básicos? ¿Debe hacerlo? ¿Queremos instituciones públicas? ¿Es posible crear instituciones de lo público desde abajo? ¿Se puede redistribuir la riqueza a una escala tan microsocial o son necesarias otras instancias superiores? ¿Cómo generar esas instituciones del común cuando lo que hay abajo no es una comunidad, sino un tejido roto?

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Un tema escurridizo que preferimos no abordar para no adentrarnos en el debate institucional tan en boga y abandonar el espacio local desde el cual hoy pensamos. Algunas micro-instituciones ya surgen cuando nos vemos expulsados del mercado laboral, del mercado de vivienda… Un modo de satisfacer las necesidades consiste, entonces, en unirse con otros. El nodo de producción de Carabanchel es una pequeña experiencia de autogestión en red que desatomiza el cuerpo social y que en casos extremos se muestra como la única forma posible de satisfacer necesidades básicas. Por algo habrá que empezar… Y es que esa misma idea de colectivización de la cobertura de necesidades es la que puede trasladarse a los suministros: habrá que hablar con los vecinos que pagan el agua y la luz para que entiendan el sentido del enganche, para pensar fórmulas de convivencia que sean habitables para todos. La mayor dificultad, sin embargo, pensamos que no estriba en “esos 20 euros de agua, sino en que el hecho en sí (ocupar, engancharse, colectivizar…) funciona como un brutal cuestionamiento de un modo de vida concreto, que tenemos muy incorporardo, y que se basa en las ideas de propiedad, interés individual y esfuerzo.

Entramos de lleno en la cuestión cultural/subjetiva que sustenta el mecanismo de desigualdad y exclusión alrededor de la vivienda. Porque las creencias que estamos cuestionando, o al menos torsionando y pervirtiendo, son las de Antonio, o mejor dicho, los Antonios. Antonio es un cualquiera, probablemente es el marido de “la vecina del quinto”, a los que “hay que llegar”. Antonio, y su esposa, son un producto cultural de la sociedad en la que vivimos. Tienen creada la necesidad de la seguridad. Tienen miedo de que su hijo no tenga vivienda en el futuro, y por eso se lanza a ser un pequeño especulador. Antonio ha comprado un relato que es el que ha transmitido a sus hijos: estudiar, trabajar, comprar piso… El problema es la sospecha que algunos tenemos de que Antonio, no es solo un producto, sino también un activo productor cultural: recoge un determinado relato social, pero también lo narra y reproduce. Y, no lo negemos, Antonio somos todos. ¿Acaso podemos tratar a Antonio como un otro “alienado”? ¿Acaso es Antonio un tipo “tonto” comparado con nosotros, que “nos damos cuenta de lo que pasa”? Antonio ha construido una identidad alrededor de sus valores, y desnudar esa identidad genera una tremenda inseguridad, una sensación de desvalimiento completamente comprensible. Antonio tiene derecho a no querer que se derrumbe su vida.

¿Es posible así crear vínculos con Antonio? Las reuniones de Antonios son un espacio hostil, pero quizás a Antonio haya que tratarle más bien como alguien con alguna racionalidad, la cual habrá que localizar y reconocer en lugar de ridiculizar, negociar con ella. A Antonio, o mejor dicho, a su sistema de creencias, no se le desarticula desde arriba, sino a la misma altura y desde el valor que otorga la co-presencia, sin prisas. Los procesos comunitarios son largos, duran años, más que la mayor parte de nuestros proyectos y okupaciones. Se trataría de localizar en ese recorrido lo común con Antonio en lugar de poner el énfasis en nuestras diferencias. Si Antonio ve que venimos a okupar en la puerta de en frente, entrará en pánico: a Antonio le jode que okupemos cuando él ha estado tan jodido con la hipoteca, el curro… La meritocracia viene a justificar la propiedad privada. Pero quizás su desconfianza se irá atenuando cuando vea que somos gente “normal”, que tenemos críos… “Puede que hasta nos deje las llaves”.  

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Esto ya sucede, de hecho. La okupación típica no es la okupación tópica: solo prestamos atención a las okupaciones problemáticas, pero existen multitud de situaciones de generación de un mínimo común con los vecinos. Cuando la gente experimenta algo en común, desde la práctica cotidiana, disfruta. Con la gente mayor es quizás más fácil construir esa experiencia: “mi abuela flipa con el jabón casero, con la huerta. Le emociona oírme hablar de la casa, que somos 10, el barrio, los vínculos comunitarios… Ahora le parece un error su vida en un piso de 40 metros cuadrados”. Tenemos la hipótesis de que a la gente le gusta lo colectivo cuando lo prueba. Mostrar desde el ejemplo que existe una alternativa para cuando esto se caiga es quizás nuestra mejor contribución. Pero no nos engañemos: después de la de nuestros abuelos vino la generación de nuestros padres, la generación del Gran Antonio, la que no vivió de forma tan intensa ya esos vínculos comunitarios a los que interpelar, la que se esforzó en que estudiásemos y la que ahora ve con decepción cómo algunos de sus hijos hacen un “Master de hippies”. Con el Gran Antonio, a veces tenemos la impresión de que solo la necesidad derivada del desempleo forzoso puede hacer de las patatas del huerto que cultivamos un nexo que otorga todo el sentido al hecho de cooperar.

Casa dispersa

Tratar con el sistema Antonio es cuestionar la vivienda como espacio privado, como objeto de mercado. Pero hay otra ruptura pendiente, o ya en marcha: desterrar la idea de la vivienda como un espacio de mera reproducción. La vivienda fue, y puede volver a serlo, un espacio no solo de reproducción, sino también un lugar de producción y de relación. Trabajar en casa es más o menos común en tiempos de teletrabajo, pero hacerlo en colectivo permite disolver los límites culturales hegemónicos de la casa. Desde la práctica inusual, el salón de casa puede convertirse en espacio de producción. Esto significa también ampliar las fronteras de la vivienda, pasar a habitar la casa dispersa. Esa casa dispersa tiene espacios comunes y espacios íntimos. Tiene espacios techados y espacios abiertos. Entre una estancia -la habitación- y otra -la huerta- puede haber 3 kilómetros de distancia, pero ambas están unidas por la idea de hogar. La casa puede estar en varios sitios a la vez, puede estar deslocalizada.

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Tratar con el sistema Antonio es, tal y como hemos visto, apelar no solo a las rupturas, sino a las continuidades, a aquello que nos une. Igual que las promociones privadas de los PAUs tienen piscina, y ésta es considerada todo un símbolo de disfrute, tenemos que recordar que la piscina nos gusta a todas y a todos. Tenemos que recordar que llevamos un Antonio dentro, y a Antonio, cuando llega el verano, le gusta remojarse. Antes del recinto piscina, existía la fuente, la charca (en el pueblo, pero también en los múltiples arroyos que corrían por los valles de nuestra periferia hacia el Manzanares). La piscina del barrio, la pública, se convirtió en los 80 en un espacio extraordinario de sociabilidad. Había quien la recreaba en cualquier sitio, más pequeña, eso sí, con la del “toys”. Hoy sin embargo, piscina es sinónimo de distinción. ¿Cómo articular una lucha al rededor del derecho a la piscina?

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De cualquier modo, abrir los posibles -comunidad con Antonios, casas dispersas tan productivas como reproductivas, derecho a piscina- no puede cerrar los reales. Cada mañana se producen decenas de desahucios entre quienes quisieron hacer efectivo el tradicional y legítimo derecho a techo de la forma menos gravosa para sus débiles economías. Reconocer el tremendamente injusto ejercicio de desposesión de la vivienda por parte de los poderes económicos sobre muchas familias, así como la más intensa y extensa lucha por los derechos sociales en las últimas tres décadas, la lucha contra los desahucios, nos permite atisbar que lo posible ya es real en los vínculos diversos y mestizos que establecemos para parar una ejecución hipotecaria. Y es que alrededor de la vivienda se actualizan hoy las luchas que en la década de los 70 pusieron en la agenda el derecho a la ciudad.

 

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