Diccionario de las Periferias: De arrabales, poblados y barrios. Una historia situada de la periferia madrileña

Para comprender el contexto urbano periférico actual resulta imprescindible analizar las continuidades y las rupturas que presenta el nuevo paisaje social y urbano respecto de su pasado. En las siguientes páginas pretendemos trazar un recorrido histórico por la conformación de la periferia madrileña. En ellas veremos cómo la periferia ha supuesto siempre una solución y al mismo tiempo un problema: un modo de contener las externalidades de la desigualdad social que a su vez tiende a desbordarse continuamente y a generar nuevas emergencias urbanas.

Los gobiernos y planificadores de las ciudades europeas desde el siglo XVIII pretendieron generar modelos de ciudad ordenadas, entendiendo por orden el asentamiento de funciones y poblaciones de acuerdo con las necesidades económicas y políticas-policiales de la oligarquía urbana. Instalaciones industriales y de transporte, así como trabajadores e inmigrantes, debían ocupar zonas alejadas del centro urbano, de las instituciones del poder y de las viviendas de las clases altas; los pobres y los habitantes de infraviviendas del casco histórico debían ser expulsados a las afueras. Ya en el Anteproyecto de Castro (1860) se propone una división de la ciudad por uso (viviendas residenciales, industriales, militares y obreras) y el desarrollo de barrios obreros (en la forma de casas de corredor) en la Tercera Zona del Ensanche, en las intermediaciones de Chamberí o en el sur obrero de la ciudad. También en el Proyecto de Plan Comarcal de 1924 se apuesta por una zonificación similar. Sin embargo, la construcción de viviendas para los emigrantes y trabajadores que llegaban a la ciudad o para alojar a los que malvivían en las infraviviendas del centro fue del todo insuficiente y estos se dirigieron a las hacinadas casas de corredor, a cuevas y edificios vacíos, o levantaron sus chabolas no solo en zonas alejadas de la ciudad sino también en zonas próximas al Ensanche y al río. El estudio de Chicote señala que en 1910 unas 60.000 personas vivían en corralas en el centro y existían más de 2000 chabolas en norte de la ciudad. Para mediados de los años veinte, se calcula una zona suburbana con más de 77.000 habitantes, mientras que los problemas de vivienda afectan a cerca de 270.000 personas.

Por aquellos años, en el debate sobre reforma social, vivienda y clases peligrosas, se discutía sobre la necesidad de racionalizar los suburbios (en forma de ciudad-jardín, suburbio-jardín, parque urbanizado o colonia de casas baratas). Frente a los sindicatos (y ciertas constructoras cristianas) que exigían realojar a los trabajadores en el centro, el IRS (Instituto de Reformas Sociales) defendía «localizar en un entorno próximo suelo económico donde construir casas higiénicas y amplias». Así, en el Plan de ciudades de Bidagor (1941) se preveía un compacto núcleo central confinado por el Manzanares y otros arroyos, un sistema de anillos verdes aprovechando la topografía, y más allá del primer anillo, una gran vía de circunvalación en torno a la cual se situarán los distintos «poblados de Bigador». Sin embargo, este plan ignoraba que muchos de los espacios previstos en el diseño ya estaban en realidad ocupados por chabolas; como alertaba el poco sospechoso periódico Arriba (9 de enero de 1945): «400.000 personas viven en Madrid en estado de miseria. Su extensión supera a la parte urbanizada». La alternativa fueron los núcleos satélites, más fáciles de levantar por el menor precio y burocracia y que permitían a su vez colocar la industria y a la población obrera lejos del centro. Algunos se construyeron desde cero, como Villaverde, San Blas o los Poblados A y B en Carabanchel.

El franquismo llevaría al paroxismo esta división urbano-social con viviendas para funcionarios, militares, suburbios exclusivos y viviendas para emigrantes y chabolistas en una serie de poblados de absorción o dirigidos (alejados del núcleo urbano, faltos de servicios y de materiales de calidad). Estas viviendas constituirían, junto con las viviendas auto-construidas por los miles de emigrantes que llegaban a la ciudad, la primera periferia madrileña. Y es que, precisamente en las primeras décadas del régimen, Madrid duplicó su población, de forma que en 1952 el déficit de viviendas se cifraba en 700.000 y la población en chabolas e infraviviendas en 300.000.

La primera gran operación contra el chabolismo empezó con los Decretos-ley de 1954 y el I Plan Nacional de Vivienda de 1955. Este planeamiento promovió la construcción de un conjunto de poblados en los alrededores de la ciudad con el objetivo de eliminar el chabolismo, alojar a emigrantes y facilitar, así mismo, la expansión de la ciudad (terminar los accesos a la capital y la construcción de vías de circunvalación). En 1955 se construyen cinco mil viviendas distribuidas en ocho poblados de absorción [de población chabolista] y en 1956 se comenzó un segundo programa. A partir de 1956 se encargan poblados dirigidos, en los que las familias aportaban trabajo en la construcción con apoyo de un gabinete técnico (las domingueras).

En 1957 el gobierno dará un giro con la creación del Ministerio de la Vivienda con José Luis Arrese a la cabeza, partidario de cambiar la política de vivienda en régimen de alquiler por la propiedad («un país de propietarios, no de proletarios») a través de un nuevo modelo de «vivienda subvencionada», animada por el Plan de Urgencia Social, que pretendía construir 60.000 viviendas en dos años. Este plan, que subvencionaba la construcción de viviendas por entidades privadas y públicas, superó en 20.000 las esperadas y alcanzó las 84.000 viviendas; es también el momento del tránsito de los edificios de dos o tres plantas a las torres, con el objeto de maximizar los beneficios.

Ante la llegada masiva de población, también en 1957 se emitió un decreto que prohibía entrar a Madrid a las familias que no contasen con vivienda y otro decreto que dictaba normas para impedir asentamientos clandestinos, derribar chabolas y devolver a sus habitantes al lugar de origen. Hubo además otro Plan de Absorción de chabolas en 1961 por el que se construyeron seis unidades vecinales de absorción pensadas como vivienda temporal entre la chabola y otra más adecuada pero que, sin embargo, se volvieron residencias definitivas a pesar de que no contaban ni siquiera con baño (excepto Hortaleza).

La construcción de estas UVAs y otras formas de promoción social siempre acaecían en los mismos barrios, de forma que los chabolistas se trasladaban a lugares ya de por sí de renta baja y precariedad vital. La velocidad y los materiales empleados en estos poblados de promoción pública y en lo que se llamó «chabolismo oficial» hicieron que rápidamente se degradaran, de manera que a finales de los años setenta muchos se encontraban en estado semirruinoso. La población realojada en estos bloques así como la que vivía en casas de autoconstrucción, barrios enteros que no habían sido asfaltados y carecían de todos los servicios públicos, empezaron a organizarse en asociaciones de padres de familia, primero, y de vecinos, después, usando locales de la iglesia.

Sin duda, compartían orígenes y trayectoria común: del campo a la ciudad para trabajar como obreros en las fábricas que se habían multiplicado en el país o en la construcción del resto de la ciudad. En esas fábricas, algunos compartían las luchas del momento, y aquellos que viajaban (sin medios de transporte ni caminos) al centro de la ciudad podían ver la diferencia de recursos y servicios de un lugar a otro. A pesar de la fuerte represión autoritaria del momento, las relaciones en esos poblados y barrios era muchas veces de solidaridad y apoyo mutuo, y el control efectivo de comportamientos se producía en un ambiente familiar o comunitario. En este sentido, se puede hablar de cierta autonomía producida por el aislamiento, las relaciones de cooperación y las luchas compartidas, sobre todo, en el mundo laboral. Eran barrios con cierta homogeneidad, con diferencias internas, por supuesto, en relación con el tipo de empleo (más estable o más precario) o el tipo de vivienda (dirigidos frente a absorción, por ejemplo), pero que en el contexto franquista fordista se entendían como parte del mismo grupo social: un grupo social marginado de los beneficios del boom de los sesenta y marginado de la ciudad que ellos mismos habían construido.

Estas comunidades, formadas en las luchas obreras y movilizadas en el tardofranquismo por la carestía de la vida, se negaron a ser desplazadas una vez más cuando sus zonas se volvieron rentables al crecer la ciudad; se manifestaron, cortaron calles, se encerraron en despachos oficiales y consiguieron en los tiempos movedizos de la Transición su permanencia y la reconstrucción de sus barrios. El Plan de remodelación de barrios (1979-1989) supuso la construcción de más de 38.000 viviendas públicas para sustituir barrios autoconstruidos, poblados dirigidos y viviendas del «chabolismo oficial».

Una victoria de los barrios obreros madrileños que, después de veinte años de vivir en condiciones de exclusión, conseguían para los habitantes de las periferias unas viviendas dignas, de buenos materiales y en muchos casos, discutidas con arquitectos y técnicos a través de las asociaciones de vecinos y otras formas de participación. Sin embargo, el final de la construcción de estos bloques coincidió con la extensión de la crisis de los años ochenta, el cierre masivo de fábricas y talleres en los que buena parte de esta población trabajaba. La crisis creó un escenario altamente fragmentado, atacando uno de los pilares de la vieja fuerza del movimiento vecinal (la relativa homogeneidad de su composición social) y aumentando la distancia entre los que perdieron y conservaron el empleo, entre los prejubilados en buenas condiciones y los trabajadores del sector informal tendente a lo ilegal y, sobre todo, «la distancia entre la generación emigrante que había trabajado duro en el tajo y en el barrio y la nueva generación joven, que ya no estaba aislada de la misma forma del resto de la ciudad y que se vio abocada a una auténtica crisis de sentido vital; el desencanto con la transición política y la ausencia de expectativas laborales se anudaron en estos barrios con la llegada de una droga que prometía olvidar todo, la heroína, y que, como una epidemia, se apoderó de sus jóvenes».

Sin ánimo de minusvalorar la enorme importancia del Plan de remodelación como vía de acceso a una vivienda de calidad y por lo tanto también a un activo patrimonial, tristemente, en muchos casos, en ese contexto de crisis, el plan simplemente transformó el chabolismo horizontal en chabolismo vertical. Si estos barrios, tanto de autoconstrucción como de promoción social franquista, ya poseían un estigma vinculado a la informalidad y al miedo a las «clases peligrosas», la crisis, con el aumento de la pobreza y, sobre todo, con la violencia generada por la heroína, profundizó su estigma como barrios indeseables y peligrosos. Justo cuando la periferia obrera se incorporaba estructuralmente a la ciudad (en cuanto a transportes, servicios y calidad de las viviendas), cuando su condición periférica estaba en mutación, la marca de la droga y la delincuencia volvió a alejar a estos barrios de la ciudad. Sin duda, la vivienda es un elemento central para salir de la exclusión y la pobreza pero no suficiente por sí mismo.

Solo la burbuja inmobiliaria despertó las constantes de la economía española a finales de los años noventa; Madrid aumentó su tamaño un 50 % hasta mediados de los dos mil. Los barrios obreros ya no eran mayoritariamente obreros después de la desindustrialización provocada por la crisis de los años setenta, la Transición y la entrada en la Unión Europea, y sus jóvenes se incorporaron a un sector servicios desregulado; muchos de los que pudieron, vendieron sus casas y se trasladaron a barrios más centrales; otros no pudieron vender ni en este contexto expansivo. Al mismo tiempo, surgieron como setas bloques nuevos en el lugar de las antiguas casas bajas o ruinosas. Nueva población autóctona en su camino de ascensión social (de los municipios cercanos a Madrid-capital, por ejemplo) y muchos de los cientos de miles de migrantes que aterrizaban en Madrid para construir con sus manos el «milagro español» se alojaron en estos barrios (alquilados o hipotecados en cifras astronómicas), de forma que pasaron a ser en cierto grado barrios mestizos, perdiendo su homogeneidad. Más allá de los antiguos barrios obreros y en muchos municipios de la corona metropolitana, el mega-crecimiento urbano tomó forma de Ensanche o Programa de Actuación Urbanística (PAU), barrios enteros construidos en pocos años en lo que sin duda sería el final de la ciudad y en los que se alojaron (y fueron alojados) también distintos grupos sociales. Estos procesos de crecimiento urbano y fragmentación social no afectarían por igual a todas las zonas; entender en detalle sus diferencias es a lo que ahora nos dirigimos.

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