Diccionario de las Periferias: ¿Qué hace de un espacio una periferia?

Aunque las periferias tienden a estar en el extremo de las ciudades, la distancia que marca la separación respecto al centro no siempre es geográfica; del mismo modo que no todos los barrios alejados lo son en el mismo sentido. Pese a compartir ambos un carácter popular y altos bloques de ladrillo, cualquier habitante de Madrid sabe que no es lo mismo vivir en la chunga Villaverde que en el tranquilo barrio del Pilar, aunque sus vecinos se asomen a la ventana desde altos bloques de ladrillo y les esperen en los dos casos largas líneas de metro para llegar al centro. Como no es igual la vida en el nuevo Ensanche de Vallecas (plagado de solares vacíos, casas de protección oficial abandonadas a su suerte y avenidas muertas) que en el lujoso PAU de Las Tablas. Y es que, si asumimos la periferia como aquel espacio excluido de los beneficios sociales -tanto materiales como simbólicos- asociados a los espacios centrales, resulta complicado constatar su traducción geográfica (centro-afuera): hay periferias en el centro de las ciudades, periferias dentro de zonas privilegiadas, periferias dentro de las periferias. De esta manera, no es forzosamente el espacio geográfico, a pesar de su importancia (en cuanto al transporte, por ejemplo), lo que necesariamente define a una periferia.

Las señales de relegación se superponen de forma compleja: realojos de población empobrecida que se concentran en viejos barrios ya muy degradados; recursos estigmatizados (centros para personas sin hogar o basureros, por ejemplo) que se asientan siempre en las mismas zonas contra la voluntad de sus vecinos; representaciones mediáticas al ritmo del programa Callejeros que reactualizan la devaluación simbólica que acompaña a la material, refiriéndose a determinados barrios desde la escasez, desde la inferioridad, desde el estigma y desde la culpa… Son las periferias en las que buena parte de sus habitantes no elige vivir, sino que les toca vivir. Las transformaciones del ciclo socioeconómico las reperiferizan, si se nos admite el neologismo, en paralelo al aumento de las tasas de paro y los desahucios, y periferizan otras zonas como esos nuevos desarrollos urbanísticos que, hijos de la burbuja, no nacieron como márgenes y ahora se encuentran atrapados en ellos. ¿Qué factores tienen en común unos y otros? ¿Qué hace de un barrio una periferia?

En primer lugar, pensar en lo que ha conformado históricamente la periferia en Madrid implica remitirse, como hemos visto, a las políticas de vivienda social. Un primer factor que convierte a algunos barrios en periferias nos habla precisamente de la concentración de realojos de población excluida en determinadas zonas, siempre las mismas. Sea en forma de colonia o barrio completo, como en las décadas de los 80 y los 90, o en edificios o manzanas como en las políticas de dispersión que las siguieron, en la práctica han sido siempre los mismos barrios los que han seguido acogiendo dichos realojos, sin las medidas sociales adecuadas para amortiguarlos. Sin ánimo alguno de culpabilizar a la población objeto de los mismos, que se vio arrancada de sus poblados para verse encerrada en pisos nuevos y relegada de cualquier otra forma de integración social, lo cierto es que las duras condiciones de vida que se concentran en determinados barrios (paro, precariedad, trabajo informal, alegal o ilegal) acaban por imprimirles cierta «asfixia» hacia dentro y «mala fama» hacia afuera.

Desviar la mirada hacia los nuevos desarrollos urbanísticos, lejos de modificar el panorama, permite observar cómo se replican efectos de guetización: vivienda de protección oficial y realojos acaban concentrados en su mayoría en los barrios colindantes con las periferias tradicionales. Las políticas públicas de vivienda no sólo deciden dónde habrá o no periferia, sino también su composición interior: una creciente estratificación en las categorías de vivienda de protección oficial amplió en pocos años de dos —jóvenes familias y especial necesidad— a siete el gradiente de acceso (determinado en todos los casos por el nivel de renta), produciendo como efecto que las rentas mayores pudieran acceder a viviendas en propiedad en mejores ubicaciones, mientras que las rentas menores quedaban relegadas a viviendas en alquiler y situadas generalmente en las peores zonas de los nuevos desarrollos.

En segundo lugar, la presencia o ausencia de recursos comerciales y sociales (educativos, sanitarios, transportes, limpieza) marca también el surgimiento de una periferia. Los movimientos vecinales saben bien de las desigualdades históricas en esta materia: lograr la equiparación en infraestructuras y recursos (asociados a derechos sociales) entre el centro y la periferia obrera fue uno de los principales ejes de su lucha. Hoy en día, la ley establece los porcentajes destinados a zonas comerciales, zonas comunes, dotaciones y equipamientos, pero la composición final de los mismos tiene muy poco que ver con la igualdad y demasiado con el mercado.

Se limpian antes las zonas «de interés turístico, cultural y comercial» que los barrios periféricos o se conecta por metro antes a los centros comerciales que a los barrios residenciales alejados. Sigue habiendo una enorme diferencia de ratios en colegios públicos, centros de salud y servicios sociales de unos barrios a otros. Las administraciones públicas se desentienden del cuidado de los edificios de protección oficial de ciertos barrios, dejándolo en manos de comunidades de vecinos pobres, desestructuradas y en conflicto; asientan en ciertas zonas recursos, asociaciones, figuras especializadas y programas específicos para colectivos definidos socialmente como problemáticos (drogodependientes, indigentes, inmigrantes, etc.); e incluso se plantean abiertamente distintas intervenciones desde Servicios Sociales.

El tercer elemento que conforma hoy una periferia, determinante para los sentimientos de inseguridad y su gestión policial y vecinal, lo constituyen las marcas o estigmas sociales. En el imaginario madrileño existen zonas que se saben «buenos barrios» y otras que son definidas como «chungas». Vivir en una de estas últimas pesa a modo de estigma entre sus habitantes, quienes en espacios de mayor capital simbólico llegan incluso a evitar autoadscribirse a su territorio de pertenencia. Algunos vecinos optan también por un discurso de distanciamiento y diferenciación respecto de otros vecinos para salvar su estatus, aún a costa de reforzar la devaluación del barrio ante el resto de la ciudad. En esta percepción influyen, por supuesto, las «cosas chungas» que pasan en algunos barrios y que tienen que ver con la desigualdad social. Pero no solo. Influye fundamentalmente que los medios de comunicación construyan a través de burdos relatos estigmatizantes y espectacularizantes un retrato de estos barrios como espacios de «inmigración» o «gitanos», de violencia, drogas, mafias, bandas y religiones peligrosas. Muy en relación con estos elementos, se encuentra la presencia policial, no tanto por número de detenciones, cuanto por su presencia en espacios públicos bajo la forma de controles selectivos, desproporcionada en comparación con otros barrios de la capital, que no solo perpetúa sino que también refuerza la estigmatización del barrio: «Si hay tanta policía, por algo será».

A diferencia de los habitantes de «las Moralejas» de cada nuevo desarrollo urbanístico (tal y como se autodefinían los habitantes hipotecados de las promociones privadas en la década pasada al verse en sus lustrosos pisos) y de los vecinos autóctonos de los viejos barrios obreros que han ido construyendo con años de lucha sus orgullosas identidades barriales, quienes actualmente viven en un barrio por sorteo o por necesidad, y no por elección, lo tienen complicado a la hora de construir un sentimiento de pertenencia. La casa en la que «les ha tocado vivir» no es el sueño de aquellos que rozaron el ascenso social vía hipoteca imposible: sin piscina ni mirador, con vecinos no deseados y en zonas poco «seguras» o con «mala fama», la ilusión por la huida crece por momentos. Por si fuera poco, la crisis socioeconómica que viene a apoyarse sobre la crisis crónica de estos espacios, muestra su cara más cruda en forma de impagos a la comunidad, cortes de luz, agua y gas, desahucios y ocupaciones mal avenidas de viviendas vacías. Los desahucios, aparte de desposeer de la vivienda a sus legítimos moradores, rompen los procesos de construcción de comunidad, mientras que los impagos y las ocupaciones (en las que no solo opera la necesidad de vivienda sino, a veces, procesos mucho más complejos y problemáticos que implican el lucro de pequeños hampones de barrio), vienen a retroalimentar todas las diferenciaciones y desconfianzas previas.

La sedimentación histórica de la pobreza, el abandono institucional y el estigma acaban incidiendo en el miedo ambiente de los barrios: los comercios locales no acaban de aflorar o echan el cierre al carecer de demanda suficiente y aparecen las territorializaciones y fronteras étnicas más duras en los espacios comunes. El resultado son espacios solitarios, cuando no identitariamente hostiles, que aumentan la sensación de inseguridad entre una parte de sus vecinos y las relaciones verticales entre quienes lo dominan y quienes lo temen. Es esta bomba siempre a punto de estallar, estable en su desequilibrio, la que hace de estos barrios un objeto de monitoreo constante. Un simple rastreo de datos en Internet nos muestra que la información procedente de los «barrios vulnerables» es mucho mayor y más accesible que la de un barrio «normal». Este monitoreo estadístico continuo, traducido en intervenciones sociales y policiales diferenciales, nos informa de una necesidad de control por parte de la Administración ante la perspectiva de que las periferias puedan desbordarse en su conflicto interno o puedan buscar soluciones al mismo más allá de sus fronteras.

Estos son elementos fundamentales en la construcción de una periferia: un complejo puchero que mezcla realojos, distancias, recursos escasos o diferenciales, miedos, abandonos institucionales, sorteos sin deseo, marcas, famas, recelos y, sobre todo, y en la base de todo, desigualdad, hacia dentro y hacia fuera. Por supuesto no es esto lo único lo que crece en estos barrios. Cualquiera que los haya habitado (en toda la extensión de la palabra) sabe de los milagros cotidianos que la pueblan: superhéroes de barrio, redes de solidaridad, calle, mucha calle, vida, ingenio, humildad, inteligencia, respeto, arte, comedia ante la tragedia… Cualquiera que piense desde la periferia sabría que donde muchos sólo ven trapicheo o jaleo lo que hay son estrategias de personas sistemáticamente excluidas de la sociedad por construir inclusión desplegando fuerzas y formas alternativas de vivir en sociedad.

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