Mujeres y periferia: Un paseo feminista por el barrio de Carabanchel

convocatoria del paseo
> el paseo en suenaradio.net

A finales del mes de mayo del año pasado os invitamos a que nos acompañaseis a recorrer algunos de los recovecos del barrio de Carabanchel para que juntas hablásemos, conociésemos y reconociésemos algunos de los lugares que han marcado, y marcan hoy en día, la vida de las mujeres que habitan el barrio. Queríamos conocer, compartir y hablar de las experiencias vividas en él, las luchas, memorias, las emociones que nos incitaban…

Para ello preparamos un paseo junto con otros colectivos de mujeres del barrio. Ellas nos mostraron el Espacio de Igualdad María Maeztu, nos hicimos ver por los alrededores del mercado con las chicas de Territorio Doméstico, nos acercamos a la experiencia del grupo feminista del espacio autogestionado ESLA EKO y retrocedimos en el tiempo junto con algunas de las mujeres que nos recordaron la lucha que enfrentó el barrio, y en particular la madres contra la droga años atrás. Por último, acabamos compartiendo trago en la Segoviana, rememorando a su anfitriona y recordando sus cuidados.

Para todas aquellas personas que no pudisteis venir os dejamos un resumen de las paradas. ¿Carabancheleamos?

#Primera parada. Espacio de Igualdad María de Maeztu

Eran las 11h de la mañana y ya estábamos alrededor de 50 personas, la mayoría mujeres, en el punto de encuentro: Espacio de Igualdad María de Maeztu. Nuestra compañera explica el recorrido a realizar por el barrio en las siguientes horas, la aventura de carabanchelear se pone en marcha.

Se genera un ambiente de encuentro, se forma un gran círculo compuesto por pequeños grupos; llegan los primeros saludos, se comentan las últimas anécdotas cotidianas y preguntas por familiares y conocidos.

Del grupo se distingue a una de nuestras compañeras por su mochila en la espalda y grabadora, nos acompaña el resto del paseo haciendo grabación en directo para el programa “Suena Radio” en el que participa; recogiendo así entrevistas y relatos de las diferentes mujeres que nos acompañarán a lo largo del paseo, voces a través de las ondas que hilaran las distintas paradas programadas para esta ocasión. Mientras tanto, otras  aprovechan este primer impasse para marcar territorio con algunos lemas feministas: “Nosotras, Mujeres unidas en la lucha”.

El Espacio de Igualdad María de Maeztu es un edificio que se encuentra en Carabanchel bajo, junto a una de sus grandes arterias, la Calle General Ricardos, limitando con el Alto de San Isidro. Se trata de un lugar donde encontrarse con compañeras, recargar energías y como dicen las mujeres que le dan vida “donde los problemas quedan fuera”.

El espacio de igualdad es un  edificio que simboliza, para muchas mujeres que habitan la periferia, la materialización de una de las reivindicaciones históricas de las vecinas del barrio. Nos cuentan cómo este edificio se ha convertido en un espacio de apoyo mutuo entre las mujeres que le dan vida, en un lugar fuertemente marcado por la reciprocidad y el intercambio, “por el dar y recibir”. En la actualidad aunque la gestión del edificio está externalizada por el ayuntamiento en una empresa privada, se manifiesta un potente deseo de hacer del lugar un espacio más abierto a la participación y a la experimentación de otras formas de gestión. más allá de las técnicos que dinamizan algunas de las diversas actividades que allí se desarrollan, lo que una se encuentra en ese espacio son “Mujeres compartiendo sabiduría”: mujeres que ofrecen sus conocimientos en distintos talleres “Entrepuntadas”, trabajando la salud con sesiones de trabajo corporal y yoga etc.

Ciertamente se constituye como un lugar de igualdad en donde el conocimiento circula entre las mujeres mediante la cooperación, con los diversos actos de compartir que en él se desarrollan. Los libros pasan de mano en mano acompañados por palabras que recomiendan unos y desaconsejan otros; en otras ocasiones se comparten los relatos que ellas mismas componen en el taller de escritura o se le pone voz a los poemas y poesías en las sesiones de lecturas colectivas.

Cierra esta parada una compi, quien lee sobre la experiencia de una mujer que habita la periferia con todas nosotras.

“Hace ocho años que migré del campo y llegue a la ciudad: tan anhelada desde los tiempos de la adolescencia, cuando buscas la aventura, el movimiento, las caras, las drogas, el jaleo.

Llegue a la ciudad y en seguida me atraparon sus luces, olores, gritos. La fiesta, la facilidad de encontrar trabajo -en lo que fuera-, de cruzarse con gente diferente, con nuevas ideas, nuevas formas de entender la vida, el vivir.

Poco a poco, entre en una espiral de supervivencia: trabajo, fiesta, trabajo, fiesta. Construir un espacio personal que me posibilitara seguir resistiendo en este mundo patriarcal capitalista.

Vengo de un lugar en el que la iglesia y la plaza son –eran- el lugar de encuentro de la gente, donde se comparte y se cotilla, donde la gente ve a la otra gente, donde hay un intercambio y se establecen relaciones. Y estas formas de relaciones me quedaban cortas, la lentitud en las transformaciones, el racismo, el machismo, el fascismo.

Al principio, vivir en la ciudad no me pesaba, me sentía libre, creía que la ciudad misma era artifice de esta sensación de libertad. Ahora me doy cuenta de que estoy atrapada entre las luces y las sombras de una caja ruidosa. Estos ruidos: la presencia constante de gente, los coches, las sirenas, las peleas, los rascacielos, el cemento, la vigilancia; pero también la política, la autogestión, el feminismo, las múltiples cuerpas, las múltiples culturas. Por un lado y por otro, -sobre- estimulación.

Si el primero es un ruido molesto, enloquecedor, que muestra el sistema de control en el que vivimos, el segundo ha generado un ruido de preguntas y de respuestas en mi. Por un lado, entonces, ruidos como control, por el otro, ruidos como liberación.

Las preguntas que asalen mi cuerpa hacen referencia a los ritmos, a los vínculos, a las coaliciones, a la naturaleza y lo que queda de ella, y sobre todo a las contradicciones que todo ese vivir en la ciudad o en el campo significan. Por un lado, vivir en la ciudad puede ser sinónimo de aprendizajes en cuanto a la búsqueda de otras formas: de relacionarse, de trabajar, de pensar, de vivir las cuerpas. Por el otro, puede significar sobre-estimulación, ritmos accelerados, contaminación, menos lugares para estar solas, pero no por eso menos aislamiento. Vivir en el campo significa otras formas, pero este texto no trata de ellas.

Dentro de las ciudades, más bien a los lados de ellas, las periferias. Madrid es una capital, también por eso su extrarradio se extiende muchísimo, está en constante construcción, porque cada vez llega más peña, y la gente más pobre, o con pocos recursos, llegamos a las periferias. Llegamos a vivir, y a veces nacemos, en su seno, alejadas de las fulgurantes luces y colores que caracterizan los centros de las capitales. En karabanchel, no llegan turistas. En karabanchel, estaba la carcel. En karabanchel viven las obreras, las putas, las madres solteras, las punkis, las estudiantes, creo que como en toda la ciudad, pero ¿cómo vivimos aquí? ¿cómo percibimos los ritmos? ¿cómo trabajamos?

Hace 50 años este barrio era campo, era periferia en el sentido de que estaba lejos –fisica y mentalmente- del centro de Madrid, era como un pueblo. Ahora la ciudad se ha extendido, ha alargado sus brazos y sus piernas, y las periferias han crecido, así que vivir ahora en este barrio no significa lo mismo que hace 50 años. Las distancias no son las mismas, las casas tampoco, la demografía tampoco. Los códigos han mutado, ya no quieren decir los mismo y no afectan a las cuerpas de la misma forma.

Hablo de cuerpas porque creo que el entorno en el que nos desarrollamos tiene un importante efecto sobre ellas; y sobre todo sobre el de las mujeres  y de las cuerpas diferentes,  lxs trans, lxs niñxs, las viejas, las diversas. La ciudad, cómo el genero, conforman el sentir y el vivir de las cuerpas, lo que hacemos con ellas.

Creo que si algo diferencia los centro de las periferias, es la marginación: pero no el hecho o no de su existencia, creo que esta existe tanto dentro como fuera de los centros de las megalópolis, si no de cómo ésta se mimetiza. En los centros, donde patean los turistas, donde estan los monumentos y los adornos, y las grandes instituciones, la pobreza y la marginación son reprimidas –o usadas como forma de atracción- y camufladas entre escaparates, edificios modernos y bien pintados, calles limpias, atracciones y diversiones. En las periferias, donde los turistas no llegan, la marginación es visible, no necesita esconderse, puede mostrarse. Porque aquí está medianamente permitida, las calles están más sucias, la peña se emborracha en las plazas, las casas tienen los muros llenos de grafitis, los coches son más destartalados. La gente no luce riqueza, porque no tiene, y creo que eso significa ser menos falsas.

¿Y las cuerpas de las mujeres?

Creo que el estar en la periferia, y muchas veces ser migrante, significa ser más aislada. Porque las redes se van generando en los centros, en los meollos de las ciudades, donde todo pasa, donde está la novedad. Por eso a veces siento tanta cercanía entre vivir en la periferia y vivir en el pueblo.

En cuanto al feminismo, creo que este paseo hablará de ello, porque las mujeres seguimos siendo invisibles también en las periferias, solo somos visibles ante el ojo hambriento del macho. Y determinadas cuerpas serán más invisibles aún, por sus caracteristicas físicas o mentales, como pueden ser las cuerpas gordas, las cuerpas y las mentes diversas funcionalmente, las cueras trans, las cuerpas viejas, las cuerpas racializadas. También en las periferias se cruzan los privilegios, las posibilidades, las capacidades y los criterios que clasifican según una escala de mayor a menor valor.

Creo que podriamos caminar y sentir cómo se mueven nuestras cuerpas en el espacio, cómo vivimos el encuentro con la diferencia –sea cual sea- de la otra, cómo percibimos los ruidos, cómo nos percibimos como mujeres o cuerpas no binarios o cuerpas diversas en el movimiento de lo que nos rodea.

Que estas observaciones de nosotras mismas dentro de un contexto –en este caso el barrio de karabanchel- nos puedan llevar a diversas reflexiones y las podamos, si queremos, compartir durante el camino.

Y que esta primera ocasión para juntarnos entre varias y empoderarnos de las calles del barrio, pueda ser una forma de repensar las distancias que históricamente caracterizan a las periferias”.

#Segunda parada. En el mercado con Territorio Doméstico

Del espacio de igualdad nos trasladamos a uno de los espacios que tradicionalmente más marcado ha estado por el género: el mercado. Hasta allí nos conducen a ritmo de paso de pasarela las chicas de Territorio Doméstico, mujeres que conforman un colectivo que mediante el apoyo mutuo y la horizontalidad, entre otras cosas, luchan por el reconocimiento de los derechos laborales de las empleadas del hogar.

Mujeres que además de la jornada de trabajo en sus propias casas (cuidar, educar, organizar, alimentar a su familia) se dedican a trabajar por cuenta ajena en casa de otras familias como empleadas domésticas, todo bajo una ausencia de derechos laborales.

Nos invitan a que reclamemos juntas la aplicación del convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo, que aunque de manera muy básica e insuficiente, reconoce algunos derechos a estas trabajadoras.

Difícil plasmar la gracia, elegancia y la alegría con la que nos presentan la diversidad de “tendencia en empleadas de hogar” todas ellas vestidas con sus desigualdades y restricciones de derechos propias de su situación laboral. Una pasarela de modelos donde reluce la invisibilización y precarización de estas mujeres que desfilan por las casas madrileñas.

Entre las estrellas de esta temporada el evento fue liderado por las siguientes modelos: Modelo sin papeles, Modelo hada, Modelo pulpo, Modelo eres como de la familia, Modelo graduada, Modelo mariguay.

La pasarela culmina a voz de microfonazo con un canto a favor de las que no han podido estar: Aquí están,  aquí están las mujeres poderosas. Porque no estamos todas: ¡Faltan las internas! Porque no estamos todas: ¡Faltan las internas!

Puedes seguir el desfile en los siguientes enlaces: https://youtu.be/AbTCeHvTOKY        https://youtu.be/2a9cVCUD77M

#Tercera parada: EKO 

Nos ponemos en círculo en la plaza frente al EKO y mientras unas compañeras marcan el espacio con nuevos graffitis otras nos cuentan que hace pocas semanas se reúne aquí los viernes un grupo de mujeres. Les ha costado venir porque este espacio ha sido poco amigable pero han decidido cambiar esto. Están elaborando un manifiesto que se lee para invitar a otras mujeres a seguir construyendo en estos encuentros. También están trabajando el apoyo mutuo relatando y visibilizando los denominados micromachismos que de micro tienen poco y que forman parte de las vivencias cotidianas de todas. Estando juntas es más fácil reconocerlos y denunciarlos. Están haciendo un taller y tratan de representar gráficamente con tiras de dibujos estas situaciones que han vivido. También tratan de hacer visibles estos comportamientos en las asambleas del propio espacio y en los grupos en los que participan, por ejemplo midiendo los diferentes tiempos que toman la palabra los hombres y mujeres  y otros comportamientos cotidianos en cuanto a lenguaje y actitudes que quedan reflejados en las actas…

Manifiesto en construcción:

E.S.L.A EKO, es, como otros tantos, algo más que un edificio okupado. Es un espacio de encuentro, de planificación, de acciones. Es un contenedor de sueños e ilusiones, de cambios e insumisiones. Es un lugar por donde han pasado y seguirán pasando (por mucho tiempo esperamos) muchas personas, un techo que da seguridad y libertad para desarrollarse. Pero ese techo no ha podido cubrirnos a todas las que necesitamos un cobijo para crecer y soñar.

El heteropatriarcado es grande, extenso y profundo, se cuela por cada grieta como el polvo, se filtra por cualquier gotera. Ni siquiera los espacios que intentamos liberar con toda nuestra fuerza y energía son impermeables. De hecho, ponemos candados para que no entre la policía. Pero en el EKO, como en otros tantos espacios, se han dejado todas las ventanas abiertas al patriarcado, no se han sellado las goteras, ni arreglado las grietas. Hasta que no trabajemos en esto, muchas personas seguiremos siendo excluidas sistémica y sistemáticamente.

Si, nos hemos tragado muchas tormentas, demasiado polvo, y aún más mierda. Tanto en la calle como en la EKO. Pero somos muchas, cada dia mas, y vamos a arreglar todos los cristales, sellar cada jodida grieta y acabar con cada maldita gotera. Vamos a cerrar la EKO al patriarcado para poder abrirla a nuestros sueños, a nosotras, a nosotres, y a nosotros”.

#Cuarta parada. Cerro de la Mica

Llegamos al parque de la Cuña Verde, o lo que fue el Cerro de la Mica “Cerro Mica”, uno de esos lugares borrados por el crecimiento de la ciudad tanto físicamente como a nivel de memoria. El Cerro de la Mica fue uno de los núcleos chabolistas que se asomaba en las colinas que se elevan al sur del Manzanares. Con una vista privilegiada de la cornisa monumental del Madrid antiguo, el Cerro Mica era uno de esos lugares destinados a acumular y contener todo lo que la ciudad del tardo-franquismo y la Transición no podían admitir: pobres y gitanos se identificaban como lo mismo en estos barrios de chabolas, y cuando a comienzos de los ochenta la heroína comenzó a inundar las calles de Madrid y fue objeto de una política policial de control, desplazamiento a la periferia y asociación estigmatizada con los colectivos ya de por sí marginados y pobres, el barrio de chabolas añadió un tercer término a la identificación, configurando el Cerro Mica como un barrio de pobres-gitanos-heroína.

Los barrios chabolistas de pobres gitanos y heroína solían situarse contiguos a otros barrios pobres, pero ya formalmente construidos y habitados tanto por gitanos como por payos. Cerro Mica estaba al lado, aunque visual y simbólicamente muy separado, de Caño Roto: esa contigüidad sin continuidad era en ocasiones transitada por los outsiders del barrio pobre no chabolista. Los jóvenes de Caño Roto y otras zonas de Carabanchel y Lucero que rodeaban al poblado, subían al cerro a comprar heroína. El paro juvenil, consecuencia del agotamiento del modelo fordista hispánico y de la transformación del sistema productivo en la década de 1980, sumado al clima de apertura cultural y desafío a la tradición de la época, hicieron del consumo de heroína, de la que poco se conocía en cuanto a sus efectos sobre la salud, el refugio de buena parte de los jóvenes de una generación, la de los hijos de los inmigrantes procedentes del campo y asentados en el cinturón obrero.

El sufrimiento de estos jóvenes se tradujo en un deterioro de sus cuerpos, no tanto por la droga en sí como por la marginalidad a la que se asoció y las enfermedades transmitidas a través de las jeringuillas. Pero también se tradujo en un deterioro enorme del cuerpo barrial, en la pérdida de la inocencia en la calle y de la confianza comunitaria: los robos, la exaltación de navajas y las jeringuillas en el suelo hicieron de las calles de los barrios un sitio al cual mirar con recelo, del cual retirar a los niños.

Los estigmas asociados a la calle, y a su figura más terrorífica, el yonqui, solo fueron atenuados por sus madres. En la ambivalencia de ser las que más sufrían el dolor de sus hijos y su propia violencia, pero al mismo tiempo quienes tenían que defenderles, cuidarles, intentar “curarles”, estas madres cargaron a sus espaldas otro peso -enorme- más. La droga enfrentó a todos, a vecinos contra vecinos, a instituciones y sociedad. Solo ellas, al tiempo que se enfrentaban contra la droga, contra la cárcel, tenían que coser lo que se separaba.

En el parque nos juntamos con una de esas madres, miembro de la asociación Aspafades. Es ella quien nos cuenta en esa rosaleda con vistas privilegiadas lo que esconde el suelo pulverizado de recuerdos que pisamos. Su asociación fue una respuesta colectiva, la de muchas madres que se dieron cuenta que sus hijos tenían el mismo problema, para darse apoyo mutuo y para intentar cuidar a sus hijos.

Nos habla de la asociación, pero también nos destapa su relato personal, recordando y señalando que el parque en el que estamos es el cementerio de todos los chicos que murieron por la droga. Su narración es un vaivén del pasado al presente, los duros recuerdos del espacio y el presente. “En el barrio no queda nadie y los pocos que quedan o tienen el SIDA, o están enfermos o están en las cárceles. Y nada más, que me alegro de ver esto tan bonito ahora, porque esto era una procesión de mutantes”.

Para el clima de depresión social y comunitaria, el yonqui vino a suponer la estocada para las identificaciones colectivas y el afrontamiento comunitario de los problemas comunes. El yonqui fue la figura que encarnó el tránsito desde una conciencia de clase igualitaria a una conciencia por la diferenciación y securitaria. Fue de tal dimensión el problema de la droga que las estrategias vecinales de solidaridad se vieron desbordadas, cediendo paso a los discursos excluyentes y las prácticas de autodefensa violenta, tal y como relata nuestra acompañante que vivió esas escenas cotidianas: “En esa calle, todos los vecinos chillándolos y pegándolos, porque entonces a los drogadictos los trataban como perros, hasta que luego en cada casa apareció uno”.

Al mismo tiempo del ambiente hostil de las calles, las madres de los toxicómanos se toparon con la violencia institucional. Sus hijos, lejos de ser vistos como las víctimas de un problema social, fueron culpabilizados y deshumanizados hasta poder justificar la violencia policial y carcelaria contra ellos. “Están todos en las cárceles, o  han tirado de un bolso, han robado en una panadería… No digo los de los navajazos, que hay, pero estaban la mayoría por francas gilipolleces. Mi hijo por atentado a la autoridad: estaba, te hablo de más de 10 años porque lleva dos muerto y dos en Aranjuez, pues ocho, estaba abriendo un coche, cosa mal hecha porque no tiene que hacerlo, y pasaron los que son unos canallas, los policías del Rastro, y le dieron tal paliza que lo dejaron medio muerto, que llegó el del coche y dijo, ¡Oiga, que no me ha roto nada!, ¡déjenlo ustedes!. ¿Pues qué ha pasado? Que al cabo de estar trabajando, estar tan contento, va a trabajar y se lo llevan preso a Soto del Real, que tenía que ir a la cárcel por atentado a la autoridad. ¿Y sabes cuánto le han pedido? Cinco años por atentado a la autoridad. Y 650 euros porque según un policía, mi hijo le dió con un destornillador, mi hijo que no se tenía en pie… Y a mi hijo le dio una depresión y cuando salió dijo que no volvía, y no volvió. Se suicidó”.

Aparte de la persecución policial del drogadicto y el pequeño vendedor, las instituciones de servicios sociales y sanitarios nunca abordaron el tema como un problema social de extraordinarias dimensiones. Era un problema individual, familiar, y tanto la prevención como el cuidado debía venir de ahí.

Madres del fordismo en declive, se tuvieron que incorporar al lado más precario del mercado laboral sin dejar de cuidar. Y sin dejar de cuidar llevan toda la vida: son las que se han hecho cargo de sus mayores, de sus maridos, las que criaron primero a sus hijos y luego a sus nietos. Cuatro generaciones sostenidas por sus espaldas a causa del paro y la desigualdad, la responsabilidad institucional en la extensión de la heroína, la estigmatización y criminalización de sus hijos… Y todo ello en un clima moral que las culpabilizaba y que ocultaba lo que de estructural había en la drogodependencia. Mujeres, madres, que además han visto como la violencia policial y la cárcel han acabado dando el tiro de gracia definitivo a sus seres queridos. Nos dice que “Muchos padres no lo han aguantado porque o ellos, o… Eso no lo aguanta nadie, tener a un hijo drogadicto. Hay muchos matrimonios que se han separado porque el padre no lo ha aguantado”. En cambio ellas parece que sí lo han aguantado, o lo han tenido que aguantar porque no era la sociedad quién se ocupaba del problema, sino ellas con su carga de mandato moral.

Ellas hicieron barrio cuando este se deshacía a través de los cuidados y el apoyo mutuo. Ellas cuidaron de sus hijos y de sus nietos cuando la Administración se desentendía creando la asociación. Y aunque habla de ese espacio de agregación con pena, como un sitio deprimido, es lo que las ha salvado a ellas, lo que las ha permitido hablar, saber que lo suyo no era personal, sino de todas, que ni ellas ni sus hijos tenían la culpa.  “En la asociación nos juntamos los miércoles. Ya apenas quedan, todos se han muerto. El único que queda, que da pena, porque la madre, que tiene 80 años, sigue yendo a limpiar para darle para pagarle la droga al hijo, para que no robe. Estamos todas igual, pero procuramos no hablar de estas cosas para no hundirnos. A mí me da pena ir allí, pero voy”.

Su relato, el cerro, la escucha, la ciudad turística al fondo y después la gran tormenta… ¿Cómo no aprender de las verdades subalternas cuando estas son de carne, ladrillo y memoria?

#Quinta parada: La Segoviana

Después de tan intenso y emotivo paseo, solamente nos queda ya la última parada: Nos acercamos a La Segoviana.

Llegamos en oleadas, bajo una lluvia torrencial que nos marca ritmos diferentes para continuar el camino. Llegamos con ganas de relajar, de compartir emociones, risas, euforia, expectativas, memoria.

Nuestra anfitriona no está, sin embargo su presencia se palpa a través del recuerdo, más o menos preciso, de las que estamos allí. Aunque ella ya no saldrá a recibirnos y a palmearnos la espalda, con nuestra visita buscamos homenajearla y transmitir a la familia lo que el lugar “La segoviana” y ella significan para cada una de nosotras. Le pedimos a su hija que nos cuente. Desde detrás de la barra, sin dejar de trajinar, comienza a hablar. Nosotras permanecemos atentas escuchándola. Breve, a través de su recuerdo, empieza a dibujarse esa figura de una mujer luchadora, vital, acogedora, protectora y maternal.

También nos hace saber que persisten las amenazas contra este espacio de una administración siempre insatisfecha, que acosa a la gente con su normativa y su rigidez y que amenaza intermitentemente con el cierre o el precinto. Ofrecemos nuestro apoyo.

Nada será como antes porque ella ya no estará. Queda su presencia dibujada por el recuerdo, queda el vacío que no se puede llenar y el echar de menos sus cuidados y su fortaleza de madre y abuela, de mujer luchadora y trabajadora. Queda el hueco de la anfitriona que nos acogía en su local, que nos contaba, que nos preguntaba, que nos hacía reir, que a nadie dejaba indiferente. Queda el vacío de su inmensa presencia.

Nosotras también compartimos a continuación alguno de los recuerdos de otras visitas. El silencio con que escuchamos a su familia se transforma  en un murmullo ensordecedor, la voz grupal de la celebración de este día tan bonito se mezcla con el sonido de las palabras que rememoran alguna de estas vivencias directas. El mejor homenaje que podemos hacerla es seguir visitando, compartiendo y disfrutando “la Segoviana”.

Otra ronda…y otra y otras cuantas más… “Mi madre estaría feliz de estar aquí con vosotras, esto es lo que la gusta: cuidar a su gente”. Y nosotras claro, nos dejamos cuidar.

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