Diccionario de las Periferias: chándal

Mibarrio

(ver calle, banco)

Chándal. es una palabra que viene del francés chandail,  y designa a una prenda de vestir de tipo deportivo, normalmente compuesta de dos piezas –pantalón largo y chaqueta- que, desde una simplicidad absoluta, se ha erigido en uno de los símbolos corporales de las periferias urbanas. Aún cuando parezca una exageración, el chándal es la ropa de los barrios por su capacidad de filtración en los distintos grupos humanos que los pueblan y por la capacidad de adaptación y mimetización con los tiempos. 

Bien es cierto que, la mayoría de las veces, su uso poco tiene que ver con la práctica deportiva pero precisamente por esa capacidad de traspasar la frontera para lo que está hecho hace de él un elemento cargado de múltiples significado y capacidad de síntesis simbólica. En un momento dado, quizá allá por la mitad de los años 70 del siglo pasado, las gentes de los arrabales diversifican su vestimenta, tomando como punto de partida los pantalones vaqueros, por aquel entonces aún acampanados y los pantalones deportivos de color verde o azul marino con las características rayas en los laterales. El cine –ese Rocky corriendo por las escaleras-, la tele –definitivamente Leroy Johnson-, nuevas modas calan entre la chavalería que combina las chupas vaqueras (las de cuero eran muy caras y más escasas en las periferias de lo que luego nos han hecho creer) con las sudaderas con capucha. Como nos pasaba con las parkas, luego todos y todas íbamos igual por la calle, al cole, al parque, tal vez alguna variación de color, pero poco más.

En breve, el chándal era también ropa de banco, de simplemente estar y juntarse la peña. Dada su plasticidad, era fácilmente combinable con otras prendas y quedaba bien con la yumas –de línea lateral naranja o azul- o las jaiber, que la cosa no era todavía muy boyante. El asalto de las marcas es de un poco después.

Precisamente de los bancos, de ciertos rincones de los parques y entre algunas calles es de donde surge el chándal que identifica a los que andan enganchados con el caballo, pues con el tiempo son gentes de aspecto frágil y desde luego nada deportivo, dando tumbos de acá para allá, muy nerviosos o muy dormidos, vestidos con colores chillones, ráfagas de brillo que cruzan el pecho y pantalones anchos que se estrechan en los tobillos.

Una vez generalizado entre los críos, el chándal se inserta, no con pocas dificultades, en las vidas de gente más mayor. Su comodidad y aspecto vistoso vale tanto para las madres, como para los jubilados que se juntan en el parque. Pero esa prenda relativamente barata, que se lava y se seca fácilmente y que a nadie parece importarle que sea igual o casi igual para todo el mundo, pronto desarrolla un giro mercantil de primer orden. Con el advenimiento del espectacularización de la competición deportiva –mundiales, olimpiadas enebea, fútbol-marca, etc.- las tiendas de deportes comienzan a mostrar nuevos objetos de deseo, ahora marcados con nombres y símbolos, cada vez más exclusivos y, desde luego, con precios mucho más altos. En el barrio, ahora quedaba mucho más claro quién iba a la moda y qué prendas deportivas se habían quedado desfasadas, siendo motivo de mofa entre los chavales y  convirtiéndolas en prendas cada vez más arrinconadas para los mayores. Y las modas son terribles, sobre todo cuando han pasado y permiten una mirada con cierta perspectiva. Dejan auténticas cacofonías visuales, combinaciones de colores imposibles (ese morado vivo con el verde fosforito era brutal) y diseños que pasaron del atrevimiento al sonrojo en un muy breve espacio de tiempo. El mercado, así, tiene una forma más de marcar despreciativamente a los habitantes de la periferia obrera, que no siempre pueden seguir el ritmo de las novedades.

Y sin embargo, es en ese espacio de las afueras de la ciudad, en esos mismos parques y calles donde se renueva el orgullo de barrio y se redefinen modas y gestos. De nuevo el contacto visual y auditivo con los guetos norteamericanos, aún en la distancia, popularizan el rap, hip-hop y todos los componentes de las nuevas culturas suburbanas, dando vidilla al chándal –incluso rescatando piezas del pasado- pero también a las gorras y, como no, a las zapatillas deportivas. Las marcas lo olfatean, lo detectan y se ponen manos a la obra. Se saca dinero de donde sea. Se hace pasta convirtiendo en espectáculo visual la degradación urbana de estas zonas, y se fabrican nuevos objetos de deseo. En Londres o en los Ángeles, cuando se producen asaltos a tiendas en medio de los riots –de 1992, de 2011, cuando sea- la ropa y zapatillas deportivas son uno de los principales objetivos, además de los teléfonos móviles y pequeños electrodomésticos. El gesto de rebeldía es fagocitado por el mercado. Hasta la próxima.

Entre tanto, en el barrio unas señoras los visten habitualmente en sus paseos, a buen ritmo por el parque; los asiduos al gimnasio local, gente que va a hacer la compra, jubilados en los bancos y chavales de algún equipillo de fútbol. Todos ellos reactualizan el chándal, que ha venido para quedarse y mantiene una salida bastante accesible en los mercadillos de barrio. En efecto, al menos una vez a la semana se pueden escuchar, ver y tocar, buenas ofertas y con aspecto igual o muy parecido a los originales. Y si bien el olfato visual que detecta las falsificaciones está inevitablemente muy desarrollado, no es impedimento para su uso y disfrute, como pasa con las nuevas –siempre tienen que ser las nuevas- equipaciones de los equipos de fútbol.

Los usos locales del chándal siguen incluyendo combinaciones increíbles, de peinados, maquillajes, gorras y calzados, mientras continúa siendo una prenda de diseños arriesgados. Hoy, los héroes del deporte, de la televisión, de la publicidad han incorporado el uso de las prendas deportivas y las grandes marcas facturan millones. Pero lejos de una democratización de los símbolos de vestimenta, los bien pensantes, las élites culturales y de opinión siguen, de diversas maneras, mostrando su desprecio por la vulgaridad de la plebe. Bien sea mostrándolos de manera ridiculizante, bien desarrollando una aparente admiración hacia las clases populares, esas tan chabacanas, tan pintorescas. El desprecio distanciado hacia la chusma adopta múltiples caras, y el chándal sigue en el ojo del huracán de los barrios, sea para aspirar a la distinción, sea para marcar la vida común del arrabal.

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