Diccionario de las Periferias: Cárcel

CÁRCEL: Se trata de una institución que se inventó allá por el S. XVIII como nueva forma de tratar a quienes producían ilegalismos en los albores del capitalismo industrial (o sea, muchos de los desposeídos por el proceso de cercamiento de campos y obligados a vender su fuerza de trabajo, los que saltaban las nuevas vallas con las que se encontraban). Allí dentro, en la cárcel, se intentaría “rehabilitarlos” para las nuevas necesidades sociales y para ello se les vigilaría en un sitio cerrado. Un lugar muy civilizado comparado con las exhibiciones de reos y linchamientos públicos de antes. La cárcel tenía, en teoría, una ventaja: haría que “los malos” calculasen sus actos en función de la probabilidad de castigo que recibirían. Una racionalidad muy económica.

En Carabanchel hubo una cárcel muy famosa, la más famosa. Era más famosa incluso que el barrio: al barrio se lo conocía, a modo de metonimia, por la cárcel. Se hizo en plena posguerra muy grande, para que se la viera, para que se sintiera desde fuera su presencia en un barrio “malo”: un barrio que había resistido los embates del fascismo y que había perdido.

Durante tres décadas la cárcel estuvo muy presente en Carabanchel: no sólo físicamente  (visible por su enorme cúpula, audible por sus sirenas), sino subjetivamente. Funcionaba como un recordatorio de lo que te podía pasar si eras “malo”. 

 A los presos políticos se les sumaban los “comunes”. Los primeros cuentan que a pesar de la dureza, la cárcel fue una escuela de solidaridad, de pensamiento y de lucha. Cuando cayó el régimen franquista, fueron puestos en libertad. Los “comunes” eran los miembros de las capas bajas desposeídas que por sus ilegalismos e inmoralidades fueron marcando el camino de ida y vuelta entre la prisión y los barrios periféricos de chabolas. Cuando cayó el régimen franquista creían que correrían la misma suerte que los políticos, pero no. Fue ante la decepción terrible de quedarse solos dentro, que se nombraron “sociales” -remitiendo al origen colectivo de su “maldad” y de su encierro- y se organizaron. Los motines de las cárceles de todo el Estado español, y especialmente de Carabanchel a finales de los 70 fueron, casi lo último que supimos de ellos. No sólo se les devolvió a las celdas: se echaron las llaves y se tiraron al fondo del pozo de una sociedad que buscaba esconder todo lo sucio, lo que recordase a falta de “democracia”.
Pero el encierro no fue sólo físico: poco a poco los presos fueron desapareciendo de los medios, invisibilizados y encerrados esta vez, ya no entre muros de ladrillo y hormigón, sino entre muros de silencio e invisibilidad mediática. Fuera, paralelamente, los discursos de la inseguridad, la criminalización de los toxicómanos y los extranjeros y la creciente penalización de ciertas prácticas de supervivencia, fueron llenando y llenando, sin que nos diéramos cuenta, las cárceles: “¡A la cárcel!”. De los 8 mil presos al finalizar la dictadura franquista a los casi 80 mil de 2009 habían transcurrido otras tres décadas de fragmentación social y, sobre todo, de ruptura de los vínculos entre dentro y fuera, el quiebre de la comprensión y contextualización desde fuera de los dramas individuales que los presos encarnaban dentro: “Pero si a los dos días están fuera, y además tienen televisión…”. La cárcel fue engordando en su interior, pero fuera cada vez era menos una realidad en las subjetividades.

Acorde con esa estrategia de silenciamiento y ruptura de vínculos entre dentro y fuera, las cárceles se sacaron de las ciudades. La cárcel ya no comunicaría un mensaje disciplinario a los vecinos, porque los vecinos debían pensar ahora en convertirse en buenos ciudadanos, en alegres consumidores y ascendentes sociales cuyos barrios debían desarrollarse olvidando todo rastro de memoria de la miseria.

La cárcel de Carabanchel cerró en 1998, pero su esqueleto permaneció en pie 10 años para ser apropiado por graffiteros, nostálgicos, artistas urbanos, personas sin hogar, luchadores vecinales en busca de un hospital y de un centro por la memoria histórica y fantasmas. Fue precisamente cuando esos fantasmas empezaron a agitar la memoria, cuando se decidió derribar la prisión sin dejar rastro de ella. La potencia de la cárcel de Carabanchel no era ni siquiera  musealizable y gentrificable: no había que dejar ni un solo ladrillo.

La cárcel de Carabanchel fue demolida y machacada con ensañamiento: literalmente “hecha polvo”. Ahora sólo queda ese polvo en el enorme solar. Polvo y otra cárcel, el CIE, pero que ya no es considerada cárcel y ya no interpela al barrio (¡hasta se llama “de Aluche”!).

Y mientras, las cárceles de fuera de las ciudades siguen escondiendo, individualizando y condenando al olvido lo que una sociedad desigual no puede permitirse admitir.

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