Pueblo

Pineda de Jigüela, Mocejón, Vinuesa, Fuentespina, Alcabón, Huete, Villahermosa, El Real de San Vicente, Puebla de Sanabria… Provincias de Toledo, Córdoba, Cuenca, Ávila, Guadalajara, Cáceres, Salamanca, Zamora, Burgos, Segovia… Veranos de verbena, Orquesta Paradise, beber hasta caer al pilón, los colegas del pueblo… Un morreo en las eras en Semana Santa, un reencuentro de verano y una despedida en septiembre…

Aunque hoy asistimos a la urbanización del campo, en décadas anteriores asistimos a la ruralización de la ciudad. Mientras muchos pueblos se vaciaban, barrios enteros nacieron a partir de la llegada precaria de hombres y mujeres jóvenes expulsados por la concentración de propiedad de la tierra, el hambre y el fuerte control sobre algunas ansias de libertad y experimentación. Primero en chabolas o en casas de huéspedes, y después en pisitos, esta población rural se asentó en los barrios del segundo, tercero y cuarto cinturón periférico de Madrid. Carreteras de circunvalación (M-30, M-40, M-50) que separan ciclos de crecimiento urbano. Carreteras radiales que marcan muchas veces el camino al pueblo de muchos de los habitantes de los barrios que las rodean: toledanos y extremeños alrededor de la A-5 (Aluche, Alcorcón, Móstoles), andaluces en la A-4 (Villaverde, Getafe, Parla), conquenses en la A-III (Moratalaz, Vicálvaro, Vallecas). En cualquier caso, orígenes diversos de la geografía de la pobreza de posguerra que hacen del barrio la prolongación del pueblo. Y eso se notó durante unas décadas en las formas de habitar las calles, en la sabiduría popular, en la conservación identitaria de bailes a través de las casas regionales y en los veranos de calles ardientes y vacías.

Fue la segunda generación, los hijos de los designados despectivamente como «paletos», la que plenamente urbana, vivió en el pueblo —lugar de vacaciones— una vida B, de encuentro con otros hijos de emigrantes a otros barrios o a otras ciudades, como Barcelona, Bilbao o Valencia. En el pueblo, como en el centro, descubrían que más allá de su ciudad y su periferia, había otros modos culturales, otras lenguas, otros grupos de música. En algunos casos se descubría el campo, como inmensidad, como aventura, como naturaleza, como olores. Y se descubría una forma de estar en la que no hacía falta cerrar la puerta de casa, en la que los abuelos hablaban a la fresca con la silla en la calle y en la que se podía jugar hasta entrada la madrugada. También se descubría la camaradería y el alcohol de la peña, esos proto-centros sociales autogestionados nunca perseguidos por la autoridad (salvo cuando la guardia civil descubría una plantación de marihuana). Después pasaron otras cosas en el pueblo. Llegó la tele e Internet, llegó la droga, llegaron algunos polígonos industriales a los más feos, y casas rurales y turistas a los que tenían «encanto». También llegaron los neorurales y sus huertas. En definitiva, llegó la ciudad al campo y se produjo una cierta hibridación, una rururbanización. Pero para el barrio, el pueblo sigue siendo un origen, una fuente de saberes y una memoria de comunidad —para bien y para mal—. Porque fue gracias a lo aprendido en el pueblo que se sobrevivió en la ciudad mediante las solidaridades colectivas.

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